martes, 25 de junio de 2013

Te invito.


Te invito a jugar conmigo,
trazo de tinta sobre lienzo de piel,
te presto mis dedos de colores,
de crayones, o si quieres, de pincel.

Te invito a jugar conmigo,
trazo de tinta sobre lienzo de piel,
nos esconderemos entre los trenes
y caminaremos juntos sobre un riel.

Te invito a jugar conmigo,
trazo de tinta sobre lienzo de piel,
nos llenaremos de juegos y risas,
asustaremos de tu vida la hiel.

Te invito a jugar conmigo,
trazo de tinta sobre lienzo de piel,
después cenaremos en mi casa:
panquecitos con miel.

Te invito a jugar conmigo,
trazo de tinta sobre lienzo de piel,
y si me dejas jugar contigo,
prometo que tus heridas serán de papel.



martes, 21 de mayo de 2013

Que dure lo que tenga que durar.


Una noche como esta un amigo me hizo una pregunta que de verdad me dejo pensando por varias horas, y la pregunta fue:


—¿Tú crees que el amor dura para siempre?


A lo que le conteste:


—No tengo mucha experiencia en eso de la palabra amor pero yo creo que el amor dura lo que tiene que durar, para siempre o no. 
Yo creo que se siente y se deja de sentir. 
No se promete, es absurdo que la gente lo prometa, las promesas se rompen y el amor no se puede retener ni uno se puede aferrar a querer amar. 
Además, el amor es una cosa muy rara, ¿sabes? Si está inmaduro, se termina antes de que empiece a echar frutos, se queda verde y termina donde empezó, en nada.
Pero si madura, se te va a terminar pudriendo, todo lo maduro se te pudre, y a final de cuentas, termina igual, donde empezó, en nada, pero antes de que termine tienes un cadáver pudriéndose lentamente. 
Ambas cosas duelen, no creo que una más que la otra, no lo sé, la verdad. 
Pero el que se vaya a acabar, tarde o temprano, no quiere decir que sea mejor evitarnos amar, solo tenemos que estar conscientes de que se nos va a terminar, esperarlo o no, no sé, pero nada dura más de lo que tiene que durar.



martes, 23 de abril de 2013

No sé si se me han desconectado las neuronas.


Se me han detenido los movimientos del pecho y la vista la tengo nublada. 
Caigo. ¿Qué parte de mí cae? 
Esa parte que me mantiene en unión con la realidad. ¿Mantiene o mantenía?
Qué sé yo, me quiero dejar llevar y lo voy a hacer.
Un poquito de ligereza en la piel, en los pies. 
Se siente bien despegarlos. Se siente bien no pesar, no pensar.
Se me desploma el cuerpo. 
Como si estuviera hecha de cristal y de pronto: ¡Zaz! Toda hecha añicos, desfragmentándome de a poco, con lentitud, sin prisa por caer, reflejando colores, todos, cegándome a mí misma con los destellos de luz.
¿Y mi luz? Una luciérnaga enfrascada que sale volando al liberarla de su prisión. 
¿Yo una prisión? ¿Qué tanto puedo aprisionar siendo de cristal? Pero qué más da, si me voy rompiendo y no me puedo volver a pegar, no me interesa volverme a pegar. 
Así me gusta estar. Este momento en el que me despedazo suspendida en un instante, un instante ni largo ni corto, solo eso: un instante. 
Lo que tenga que durar.

jueves, 28 de febrero de 2013

¿Estaré perdiendo mi "muchosidad"?.


Hay noches como ésta en las que estoy hecha un caos, en las que ansío un abrazo pero todos en casa duermen, en las que no le encuentro pies ni cabeza a mis ideas, y mucho menos a mí.

Creo que he comenzado a perderme entre toda la gente y eso me aterra.

Siempre me ha gustado ser diferente a los demás, ser única, ser especial.
¿Para qué querer lo que todos quieren? 

¿Por qué pensar como los demás lo hacen?
¿De qué me sirve repetir lo que los demás dicen? 
No, nunca me ha gustado ser del montón.

Sin embargo, creo que últimamente he ido perdiendo mi esencia, mi "Diana", lo cual me preocupa.
No quiero dejar de tener ese humor que me caracteriza, esa sonrisa o esa manera de hablar tan mía.
No quiero perder mi estúpido e hilarante nivel de randomness para convertirme en una "Cuentachistespendejos".

Me siento tan cansada, tratando de recuperar lo que he perdido, o peor aún, lo que nunca he tenido. 

Me siento confundida, tratando de encontrar respuestas a preguntas inexistentes.

Me siento de cualquier forma, menos yo misma.

Tal vez sólo necesito un abrazo tuyo ó... tal vez la respuesta esté en tus labios.




viernes, 22 de febrero de 2013

Quizá.

Quizá me eches de menos por las noches.
Cuando el frío no se quite ni con las sábanas,
ese frío que invade todo tu cuerpo, que sólo se quita con el tacto,
con un abrazo.

O cuando la nostalgia te comience a hacer compañía, cuando las ganas de mí comiencen a salir,
hasta que no puedas controlarlas.

Quizá comiences a extrañarme cuando las canciones vengan de la mano de un suspiro.

O cuando los recuerdos se te escapen en forma de lágrimas.

Quizá sea cuando veas algo que te recuerde la tonalidad de mis ojos,
o cuando alguna melodía te recuerde mi voz; incluso podría pasar cuando,
en algún momento, pruebes algo que se asemeje al sabor de mis labios.

Sé que podrías llegar a extrañarme demasiado, tanto,
que desearías que fuera yo y no mi recuerdo quien estuviera al otro lado de la cama,
o acompañándote a todas partes.

Sé que quizá llegues a secarte de tanto llorar,
de tanto morderte los labios con la ligera esperanza de que sientas
lo mismo que sentías cuando mordía los tuyos.

Claro que, también sé que, si todo esto ocurre, nunca vendrías a decírmelo.

lunes, 18 de febrero de 2013

Ven para que alivies mis pies fríos.


El café está caliente, más no lo suficiente como para quemar los demonios que, 
cada uno por su parte, carga sobre los hombros. 
Afuera el cielo indica que es de noche, pero aquí siempre es de día. 
No sé si escribo por el simple placer del masoquismo que tu piel me provoca o por el hecho de quererte y que me quieras. 

Como sea, te escribo. Nos escribo.

Enciendo un tabaco. 

El último de la noche, no porque quiera, sino porque allá, en donde está el cielo, está frío. 
Las palabras nunca fueron tan fáciles de acomodar, ni las noches tan cómodas de vivir, ni mis ganas tan inteligentes de salir, como lo son ahora. 
Volteo hacia mi cama que ya lleva mucho tiempo soltera. 
Encima de ella, logro ver los restos de varios poemas que escribí. 
Unos de más, otros de menos; pero todos para ti. 
Debajo de ellos veo una carta que escribí hace un mes y comienzo a leerla:

«Me gustaría conocer el infierno, ese del que tanto hablan, del que tanto temen. También me gustaría conocer el cielo. Debe de ser un hermoso lugar. Conocer el más hermoso de los parques y silbar alguna canción mientras siento tu piel. ¿Sabes? También quiero conocer París y Argentina. Entrar a algún pequeño café. Escucharte hablar de música y no entender ni una sola palabra de lo que me dices. Reírme de tu ceño y besarte en la mejilla. Ponerte celoso con cualquier hombre que se me acerque y saberme tuya.

Pensándolo bien, mejor me quedo aquí. Sin infierno y sin cielo; sin París y los celos. Aquí, en donde siempre ha sido mi lugar. Cerca, muy cerquita de ti.»

La leo dos veces tal vez tres admirando la manera en la que me haces escribirte sin conocerte aún.

El café ahora está frío. El tabaco ahora se ha consumido y yo sigo esperando por ti. 
Haciéndole honor al tiempo y leyendo cualquier novela que se me ponga enfrente. 
Leer es encontrarte aveces en cada verso. 
Me gusta hablarte, aunque luego sienta que te molesto porque el tú ya fue ocupado por mí. 
Siempre me he considerado una persona romántica, sólo que contigo me considero una hoja en blanco, en donde puedes venir, escribir, borrar y volverte a marchar las veces que sean necesarias. 
Eso, solo una hoja en blanco esperando a contar una historia. 
La mejor de las historias. Escríbeme, estoy en blanco. 

Existamos, estoy en blanco.

Hay personas que las quiero para verlas todos los días, otras para sonreír y algunas para platicar; 
pero a ti, a ti te quiero para todo. 
A ti te quiero para siempre hablarte. 
Para escribir en varios lugares tu nombre y en las hojas tu sonrisa. 
Para meterme a la cama y dejar de decir que solo vives en mi imaginación.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

22 Años.

Un día alguien me dijo:

"¿Te has puesto a pensar en que tienes 22 de vida y qué has hecho?"

Me preguntó como no queriendo que contestara, mas bien él quería hablar, así que decidí escucharlo, ya le diría yo mis cosas al final.

Recuerdo que decía:

"22 años que se han pasado de volada y que no has hecho demasiado porque sólo has aprendido que en cualquier momento, cuando menos te des cuenta, habrán pasado otros 22 años, ¡y tendrás 44! En los que, igual, no harás nada nuevo porque se pasarán muy pronto.
¡Así que mejor haz las cosas! ¡Haz todo! ¡En un sólo día!"

Lo dijo muy motivado y feliz, tengo justo 22 años, ¡22 años!. 

Y el me quería hablar como si ya hubiera vivido cientos, miles de años, pero tengo sólo 22 años,  sin embargo parecía muy seguro de lo que hablaba.
Yo me quedé pensando en cada una de sus palabras, o todas en conjunto,  porque solas no me decían mucho.

-"¡Reacciona! ¡Dime algo!"-
Clavé mi mirada en la suya buscando regresar de mis pensamientos, y le sonreí respondiendo:
Yo a los 22 años he hecho una vida de 22 años.

Hice a una persona con tantas cosas.


Con 22 años de vida aprendí a caminar, a escuchar, a hablar, a conocer tantos riesgos,  de esos riesgos que tiene la vida, riesgos.

Con 22 años que tengo sé quiénes son mis amigos, sé cómo distinguir los sentimientos,
los valores, las emociones, no muy bien pero lo hago día a día; conozco quién me apoya, quiénes sólo están de pasada; ya sé qué es la muerte y la vida, sé qué es escuchar, tocar un cuerpo.

Sé qué es tener libertad, sé qué es sentir amor, sé qué es desear algo y obtenerlo por mis esfuerzos, sé qué es estudiar.

¡Aprendí a aprender!. 


Ahora conozco parte de lo que es vivir sin tus padres,  sé qué es beber y fumar, sé qué es salir de noche y de día, ya sé qué es un concierto de rock,  una obra de teatro, ópera y hasta de ballet, ya sé qué es la música clásica, ya sé bailar.

Ya sé qué me provoca reír y llorar, ya sé a qué le tengo miedo, sé cuando debo correr y sé cuándo debo pertenecer ahí y no dejarme de nadie. Ya sé ligar y conseguir cerveza.

Aprendí demasiado en 22 años, aprendí viviendo, ya sé qué es tener una obligación, tener un novio, un gato; sé qué es el kinder, la primaria, la secundaria, la preparatoria, incluso la universidad; ya tengo errores en mi vida, ya tengo experiencias, ya tengo un poco más de todo.

Viajo, vivo, duermo, estudio, lloro, grito, bailo, estudio, río, sonrío, saco la lengua, te guiño el ojo, salgo contigo, beso, abrazo, leo un libro, escucho música, distingo las cosas, ¡aprendí demasiado!.

¡Aprendí cosas que ya hasta olvidé!.

Aprendí a vivir y disfrutar hasta de los malos momentos. Aprendí a escucharte aprendí a responderte esto.

Eso y más, mucho más de lo que es tener 22 años.

Pero justo al terminar de hablar volteó a verme y sonreía. Me dí cuenta que él no quería realmente que yo le dijera todo lo que había hecho o no en 22 años. 

Él quería que yo misma me diera cuenta de todo lo que había conseguido en estos 22 años.