Se me han detenido los movimientos del pecho y la vista la
tengo nublada.
Caigo. ¿Qué parte de mí cae?
Esa parte que me mantiene en unión
con la realidad. ¿Mantiene o mantenía?
Qué sé yo, me quiero dejar llevar y lo
voy a hacer.
Un poquito de ligereza en la piel, en los pies.
Se siente
bien despegarlos. Se siente bien no pesar, no pensar.
Se me desploma el cuerpo.
Como si estuviera hecha de cristal
y de pronto: ¡Zaz! Toda hecha añicos, desfragmentándome de a poco, con
lentitud, sin prisa por caer, reflejando colores, todos, cegándome a mí misma
con los destellos de luz.
¿Y mi luz? Una luciérnaga enfrascada que sale volando al
liberarla de su prisión.
¿Yo una prisión? ¿Qué tanto puedo aprisionar siendo de
cristal? Pero qué más da, si me voy rompiendo y no me puedo volver a pegar, no
me interesa volverme a pegar.
Así me gusta estar. Este momento en el que me
despedazo suspendida en un instante, un instante ni largo ni corto, solo eso:
un instante.
Lo que tenga que durar.