lunes, 18 de febrero de 2013

Ven para que alivies mis pies fríos.


El café está caliente, más no lo suficiente como para quemar los demonios que, 
cada uno por su parte, carga sobre los hombros. 
Afuera el cielo indica que es de noche, pero aquí siempre es de día. 
No sé si escribo por el simple placer del masoquismo que tu piel me provoca o por el hecho de quererte y que me quieras. 

Como sea, te escribo. Nos escribo.

Enciendo un tabaco. 

El último de la noche, no porque quiera, sino porque allá, en donde está el cielo, está frío. 
Las palabras nunca fueron tan fáciles de acomodar, ni las noches tan cómodas de vivir, ni mis ganas tan inteligentes de salir, como lo son ahora. 
Volteo hacia mi cama que ya lleva mucho tiempo soltera. 
Encima de ella, logro ver los restos de varios poemas que escribí. 
Unos de más, otros de menos; pero todos para ti. 
Debajo de ellos veo una carta que escribí hace un mes y comienzo a leerla:

«Me gustaría conocer el infierno, ese del que tanto hablan, del que tanto temen. También me gustaría conocer el cielo. Debe de ser un hermoso lugar. Conocer el más hermoso de los parques y silbar alguna canción mientras siento tu piel. ¿Sabes? También quiero conocer París y Argentina. Entrar a algún pequeño café. Escucharte hablar de música y no entender ni una sola palabra de lo que me dices. Reírme de tu ceño y besarte en la mejilla. Ponerte celoso con cualquier hombre que se me acerque y saberme tuya.

Pensándolo bien, mejor me quedo aquí. Sin infierno y sin cielo; sin París y los celos. Aquí, en donde siempre ha sido mi lugar. Cerca, muy cerquita de ti.»

La leo dos veces tal vez tres admirando la manera en la que me haces escribirte sin conocerte aún.

El café ahora está frío. El tabaco ahora se ha consumido y yo sigo esperando por ti. 
Haciéndole honor al tiempo y leyendo cualquier novela que se me ponga enfrente. 
Leer es encontrarte aveces en cada verso. 
Me gusta hablarte, aunque luego sienta que te molesto porque el tú ya fue ocupado por mí. 
Siempre me he considerado una persona romántica, sólo que contigo me considero una hoja en blanco, en donde puedes venir, escribir, borrar y volverte a marchar las veces que sean necesarias. 
Eso, solo una hoja en blanco esperando a contar una historia. 
La mejor de las historias. Escríbeme, estoy en blanco. 

Existamos, estoy en blanco.

Hay personas que las quiero para verlas todos los días, otras para sonreír y algunas para platicar; 
pero a ti, a ti te quiero para todo. 
A ti te quiero para siempre hablarte. 
Para escribir en varios lugares tu nombre y en las hojas tu sonrisa. 
Para meterme a la cama y dejar de decir que solo vives en mi imaginación.


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