A tu lado dejo de ser miedo, dejo de ser culpa, dejo de ser
error. Porque en tus ojos hay un par de olas que vienen y van, y cuando me
miran, me calman. Porque en tu sonrisa vive un huracán que se pasea a mi
alrededor y me hace cosquillas en el ayer. Porque en tus manos existe un
concierto que hace música con mis más escondidas fibras.
Contigo dejo de ser dolor, dejo de ser duda, dejo de ser
penumbra. Porque en tus pies hay un camino que cuando lo recorro me convierto
en guerrera. Porque en tu espalda existe una almohada que me invita a soñar
claramente. Porque cada uno de tus dedos tiene un interruptor nuevo que hace a
mi cuerpo brillar.
Porque ¿de qué otra forma puedo decir que me haces bien?
Como el café recién hecho por la mañana, me despiertas, a mí y a todas esas
partes de mí que normalmente duermen. Y como el té helado sin azúcar por las
tardes, me refrescas, reinventas mi día. Le haces bien a mis labios, como cada
trozo de chocolate que parece armarme al derretirse en mi lengua, despacito,
queriendo ser eterno.
Me haces bien como las noches de tormenta, como el sol en
dosis adecuadas, como el silencio cuando duele la cabeza, como la música cuando
el silencio mata. Me haces bien porque me miras, y así, me doy cuenta de que no
soy invisible. Y es que tu mirada lleva algo especial, cuando tú me miras
cuenta, cuando otros lo hacen, ofende. Así que ven y mírame un poquito. No me
toques siquiera, recárgate sobre la pared y déjame sentarme como niña de tres
años sobre la mesa, cruzaré las piernas, jugaré con mi cabello, desviaré la
mirada. Mírame. Mírame un ratito, que después el resto es la resolución. Ahí,
frente a tus ojos hay una historia. Desnudas mi alma entera, sabes lo que estoy
pensando, sabes lo que quiero, no hace falta hablar. Y ese, es precisamente el
silencio más delicioso de todos. Cuando las palabras sobran, los corazones se
agitan y los ojos se encuentran.
Que no te sorprenda si derramo una lágrima o dos. Suelo
llorar más de emoción que de dolor. Cuando la belleza me inunda, la dejo salir
un poco por los ojos para no ahogarme.
Mírame, parado frente a mí, un ratito nada más, que me haces
bien.

