sábado, 15 de marzo de 2014

Me haces bien.

A tu lado dejo de ser miedo, dejo de ser culpa, dejo de ser error. Porque en tus ojos hay un par de olas que vienen y van, y cuando me miran, me calman. Porque en tu sonrisa vive un huracán que se pasea a mi alrededor y me hace cosquillas en el ayer. Porque en tus manos existe un concierto que hace música con mis más escondidas fibras.

Contigo dejo de ser dolor, dejo de ser duda, dejo de ser penumbra. Porque en tus pies hay un camino que cuando lo recorro me convierto en guerrera. Porque en tu espalda existe una almohada que me invita a soñar claramente. Porque cada uno de tus dedos tiene un interruptor nuevo que hace a mi cuerpo brillar.

Porque ¿de qué otra forma puedo decir que me haces bien? Como el café recién hecho por la mañana, me despiertas, a mí y a todas esas partes de mí que normalmente duermen. Y como el té helado sin azúcar por las tardes, me refrescas, reinventas mi día. Le haces bien a mis labios, como cada trozo de chocolate que parece armarme al derretirse en mi lengua, despacito, queriendo ser eterno.

Me haces bien como las noches de tormenta, como el sol en dosis adecuadas, como el silencio cuando duele la cabeza, como la música cuando el silencio mata. Me haces bien porque me miras, y así, me doy cuenta de que no soy invisible. Y es que tu mirada lleva algo especial, cuando tú me miras cuenta, cuando otros lo hacen, ofende. Así que ven y mírame un poquito. No me toques siquiera, recárgate sobre la pared y déjame sentarme como niña de tres años sobre la mesa, cruzaré las piernas, jugaré con mi cabello, desviaré la mirada. Mírame. Mírame un ratito, que después el resto es la resolución. Ahí, frente a tus ojos hay una historia. Desnudas mi alma entera, sabes lo que estoy pensando, sabes lo que quiero, no hace falta hablar. Y ese, es precisamente el silencio más delicioso de todos. Cuando las palabras sobran, los corazones se agitan y los ojos se encuentran.

Que no te sorprenda si derramo una lágrima o dos. Suelo llorar más de emoción que de dolor. Cuando la belleza me inunda, la dejo salir un poco por los ojos para no ahogarme.

Mírame, parado frente a mí, un ratito nada más, que me haces bien.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Adios (=•.•=)

Te dije “no me hagas esto” y lo hiciste, y ahora que te has marchado. ¿Qué hago con los cristales rotos? Me acuerdo cuando tenía miedo a darte el si pero tus ojos me convencieron.
¿Y ahora?, ¿qué pasó? No lo sé. Aún no entiendo si no podías quererme porque te aferras a relaciones pasadas, o porque realmente no sabes controlar tus miedos o tardaste en creerme.  Prometiste no arañar mi alma con tu indiferencia pero mi corazón ahora está más rasguñado que nunca.
Y finalmente te vas ( te dejo ir), dándome la razón y siendo peor que las demás por considerarte tan bueno. Soñaba con un futuro feliz y poder olvidar dolores pasados, y sólo hizo falta que llegaras y enamoraras a mi ingenuidad amorosa con un simple beso, haciéndome confiar. Lo de siempre.
Hace poco tiempo en una carta que te escribí me alegraba por estar en tu vida deseando estar en ella por muchos años más, y ahora me echas veloz y cruelmente de ella, sin sentido ni razón.

Sabes a la vez quisiera encargarle a alguien nuestra historia. Que me la devuelva de vieja, a esa edad en la que ya sólo se vive de recuerdos.

Rayos, ¡Cómo cuesta pronunciar un adiós!.

Cómo cuesta abandonar una historia que al principio parecía ser la más prometedora de todas las historias.

¿Cómo escribirnos un fin?. Hay puentes que se rompen y dejan de unir ciudades. Al parecer eso nos pasó a ti y a mí.

A algunos nos cuesta dejar ir, dejar de hablar, dejar de contestar llamadas y mensajes, matar esa curiosidad de querer saber cómo está, si aún respira o si al final murió, si es feliz o si le va mal. Y es que no hay un protocolo para eso.


Lo que aún tengo claro y ahora lo pondré más que en practica es que de mi abuelo aprendí que dejar ir, no es otra cosa mas que soltar con amor