martes, 23 de abril de 2013

No sé si se me han desconectado las neuronas.


Se me han detenido los movimientos del pecho y la vista la tengo nublada. 
Caigo. ¿Qué parte de mí cae? 
Esa parte que me mantiene en unión con la realidad. ¿Mantiene o mantenía?
Qué sé yo, me quiero dejar llevar y lo voy a hacer.
Un poquito de ligereza en la piel, en los pies. 
Se siente bien despegarlos. Se siente bien no pesar, no pensar.
Se me desploma el cuerpo. 
Como si estuviera hecha de cristal y de pronto: ¡Zaz! Toda hecha añicos, desfragmentándome de a poco, con lentitud, sin prisa por caer, reflejando colores, todos, cegándome a mí misma con los destellos de luz.
¿Y mi luz? Una luciérnaga enfrascada que sale volando al liberarla de su prisión. 
¿Yo una prisión? ¿Qué tanto puedo aprisionar siendo de cristal? Pero qué más da, si me voy rompiendo y no me puedo volver a pegar, no me interesa volverme a pegar. 
Así me gusta estar. Este momento en el que me despedazo suspendida en un instante, un instante ni largo ni corto, solo eso: un instante. 
Lo que tenga que durar.

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