domingo, 5 de junio de 2011

El caos se desató cuando me dijo que tenía madera para escribir.

Al principio pensé que como buena piromaníaca seguro terminaría quemando esa madera y perdiendo la oportunidad, pero justo después de eso comenzó un terremoto emocional e ideológico, todo se movía de un lado a otro, nada tenía sentido y yo estaba justo en el corazón del caos.  

Después de varios momentos de confusión, todo terminó.

El caos salió corriendo y todo se volvió estático y silencioso. Logré levantarme, sacudí el polvo de mis piernas, escupí un poco de tierra, miré a mi alrededor y vi que todo había desaparecido.

Mis recuerdos volvían a estar en ruinas, siempre habían sido eso, recuerdos en ruinas, carcomidos por el tiempo, desgastados por el dolor sonriendo vulgarmente con su maquillaje de felicidad barata. No le di mucha importancia, al fin y al cabo siempre habían estado así, era hora de dejarlos atrás.

Comencé a caminar bajo esa nube gris llena de polvo e incertidumbre, comencé a escuchar voces y pensé que al menos ellas habían sobrevivido y que no estaba del todo sola. Seguí caminando, a ratos las voces venían y conversábamos algunos minutos. Caminé por horas, caminé por días, no sé, aquí ya murió el tiempo.

Después de varios pasos, algunas conversaciones y malos chistes, encontré mi sonrisa acompañada por mi niña interior.

No me quedó más que rescatarlas y llevarlas conmigo a un lugar seguro ¿a dónde llegué? A las palabras, un lugar lleno de letras, a estas palabras que estoy escribiendo y que ahora estás leyendo.

Nunca antes confié en el refugio de las letras hasta que mi mundo se vino abajo y fue lo único que quedo de pie.

Entonces fue que comencé a construir una vida nueva, claro siempre imaginaria, nunca real. Aún no encuentro el túnel entre realidad y fantasía, cuando era pequeña la maestra me olvidó en el paseo escolar y mi madre nunca se dio cuenta de que me quedé en la fantasía.





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